Publicado originalmente el 2 de septiembre del 2009
Hoy hace cuatro años José, quien ahora vive seguramente otra existencia de vida —porque me hace feliz tener esa certeza—, me invitó a salir, nos vimos en el Centro Comercial Babilón, en Barquisimeto. Recuerdo que escogimos ese centro comercial porque era un lugar intermedio. Yo vivía en el oeste, él en el este. Nos tomamos algo, conversamos, nos tomamos las manos y «Cosas así como esa» —frase de José—. Cuando ya se hizo tarde, tomamos un taxi, él me acompañó, al taxi estacionarse frente a la puerta de entrada del bloque, José se bajó por la puerta del lado donde él iba y me abrió la puerta a mí para que yo saliera —Sí, mi novio desde el primer día fue un caballero—. El taxista al ver que él se bajó sospechó su acto de caballerosidad y me lanzó esta perla: «¡Bahh!, espérate a que te cases, eso es ahorita que son novios, que te lo digo yo que me he divorciado tres veces». Si bien es cierto que el comentario del taxista me cortó un poco la nota, apenas salí y fui a despedirme de José, retomé la nota romántica, pues José sin darme tiempo de escapar me robó un besito, yo quedé sorprendida y entré al edificio. Así comenzó la historia de amor de los dos, un dos de septiembre. Tal día como hoy.
Y quise tomarme el tiempo de escribir y compartir hoy una de las grandes enseñanzas que me dejó su existencia en mi vida. Unos seguramente conocen esta reflexión ya, pero para el que no la conozca quiero contarla, para el que la conozca quiero recordarla. El 9 de mayo, día en que partió mi lindo —así le decía—, apenas se despertó me envió un mensaje que decía: «Hola mi niña, hoy tuve el sueño más hermoso que he tenido en mi vida contigo, sentí mucha paz, fue muy bonito». A lo que yo respondí: «¿En serio mi vida? ¿Qué soñaste? » Y me dijo: «Mejor te cuento por teléfono». Nosotros teníamos la costumbre de hablar todas las noches cuando no estábamos juntos. Esa noche, él tuvo su accidente de tránsito, y yo inocente a todo, estaba disfrutando del concierto de Drexhler en el Aula Magna. Esa noche, a diferencia de todas casi sin excepción, José y yo no hablamos.
Al otro día en la mañana, me entero de lo sucedido, y entre todo el dolor, el llanto y desesperación, recordé ese mensaje que me había enviado José. Ese sueño donde según él, había sentido paz. Y yo me dije: «Paz, justo el último día de tu vida tener un sueño donde la sensación que tengas es de paz, no me parece una casualidad. ¿Qué sería lo que soñó mi lindo?»
Al encontrarme con mi mamá y hermanos les conté de ese sueño y teníamos la misma idea, no podía ser casual. Ese último día de José él lo pasó con dos amigos muy cercanos de mi hermano, pasaron el día juntos pues él le estaba haciendo unos trabajos al apartamento de uno de ellos. Mi hermano les comentó que José me había enviado ese mensaje, que había tenido un sueño. Y uno de ellos, Mauricio se llama, le dice: «Chamo, él nos contó el sueño». Mi hermano, como es de esperarse se emocionó mucho y me buscó, y pude, gracias al amigo de mi hermano conocer el sueño más hermoso en la vida de José: «Estábamos mi novia y yo en un lugar muy hermoso, había muchos colores, todo era muy bonito, estábamos muy alegres, y nos besábamos y nos abrazábamos una y otra vez y nos decíamos te amo, te amo, te amo». Ese fue el sueño de José. El sueño que le dio esa sensación de paz a mi lindo. La certeza de sentirse amado, la certeza de amar. No soñó con nada material, ni carros, ni casa, ni dinero, ni viajes, ni éxitos en trabajos, ni nada. Lo que le dio paz, fue la satisfacción que le daba el amar y ser amado. Además de los años de felicidad, de tener su compañía, su comprensión, su paciencia, su amor, sus sueños, sus juegos, su risa, su pasión, su cariño, su entrega, el último día de su vida, me ha dejado ese gran regalo, entender el sentido de la vida que no es más que amar, y ser amados.
Y quise tomarme el tiempo de escribir y compartir hoy una de las grandes enseñanzas que me dejó su existencia en mi vida. Unos seguramente conocen esta reflexión ya, pero para el que no la conozca quiero contarla, para el que la conozca quiero recordarla. El 9 de mayo, día en que partió mi lindo —así le decía—, apenas se despertó me envió un mensaje que decía: «Hola mi niña, hoy tuve el sueño más hermoso que he tenido en mi vida contigo, sentí mucha paz, fue muy bonito». A lo que yo respondí: «¿En serio mi vida? ¿Qué soñaste? » Y me dijo: «Mejor te cuento por teléfono». Nosotros teníamos la costumbre de hablar todas las noches cuando no estábamos juntos. Esa noche, él tuvo su accidente de tránsito, y yo inocente a todo, estaba disfrutando del concierto de Drexhler en el Aula Magna. Esa noche, a diferencia de todas casi sin excepción, José y yo no hablamos.
Al otro día en la mañana, me entero de lo sucedido, y entre todo el dolor, el llanto y desesperación, recordé ese mensaje que me había enviado José. Ese sueño donde según él, había sentido paz. Y yo me dije: «Paz, justo el último día de tu vida tener un sueño donde la sensación que tengas es de paz, no me parece una casualidad. ¿Qué sería lo que soñó mi lindo?»
Al encontrarme con mi mamá y hermanos les conté de ese sueño y teníamos la misma idea, no podía ser casual. Ese último día de José él lo pasó con dos amigos muy cercanos de mi hermano, pasaron el día juntos pues él le estaba haciendo unos trabajos al apartamento de uno de ellos. Mi hermano les comentó que José me había enviado ese mensaje, que había tenido un sueño. Y uno de ellos, Mauricio se llama, le dice: «Chamo, él nos contó el sueño». Mi hermano, como es de esperarse se emocionó mucho y me buscó, y pude, gracias al amigo de mi hermano conocer el sueño más hermoso en la vida de José: «Estábamos mi novia y yo en un lugar muy hermoso, había muchos colores, todo era muy bonito, estábamos muy alegres, y nos besábamos y nos abrazábamos una y otra vez y nos decíamos te amo, te amo, te amo». Ese fue el sueño de José. El sueño que le dio esa sensación de paz a mi lindo. La certeza de sentirse amado, la certeza de amar. No soñó con nada material, ni carros, ni casa, ni dinero, ni viajes, ni éxitos en trabajos, ni nada. Lo que le dio paz, fue la satisfacción que le daba el amar y ser amado. Además de los años de felicidad, de tener su compañía, su comprensión, su paciencia, su amor, sus sueños, sus juegos, su risa, su pasión, su cariño, su entrega, el último día de su vida, me ha dejado ese gran regalo, entender el sentido de la vida que no es más que amar, y ser amados.


